De la realidad a la cancha, ida y vuelta
La pelota entra primero, cual sketch de Capusotto. Y sin embargo el piso parece perfecto, cargado de expectativas. Casi consciente de que la calma puede transformarse en vértigo, incluso para aquellos que no le deben nada.
Encajada entre alambrados, como trampas mortales de tobillos imprudentes, y líneas que solo la inmensa generosidad de quienes las respetan puede percibir como rectas.
La audiencia
exclusiva con la red se ofrece a quienes llegan primero. Al consultarla a pelotazos
se muestra sencilla, sin las dudas que el rival pueda generar.
Conteniendo un tiempo
blasfemo en su interior, que escapa desventuradamente rápido en la desventaja, prospera
ansiosamente lento en la fortuna, permanece inamoviblemente estático en la
tragedia de la derrota, o se eleva felizmente victorioso.
Una vez transcurrida
la procesión de emociones, vuelve el silencio. El jugador sonríe con
complicidad de saber que afuera lo espera la realidad. Mientras el arco se desvanece
entre las sombras de luces apagadas aguardando nuevas sinergias emotivas.

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